ENRIQUE CADÍCAMO (Primera Parte)

Domingo, 23 de Julio de 2017 16:23 Pablo
Imprimir

ENRIQUE CADÍCAMO

LETRISTA Y CRONISTA DE CASI UN SIGLO DE HISTORIA

Primera Parte

Por Pablo Darío Taboada

CADÍCAMO, DOMINGO ENRIQUE

Seudónimo: Rosendo Luna

Ciudadano ilustre de la Ciudad de Buenos Aires. (1987)

Personalidad Emérita de la cultura argentina (1996)

Multi-prolífico letrista de tangos. Pianista aficionado. Compositor. Poeta. Lunfardólogo. Periodista y crítico. Autor, guionista, director teatral  y cinematográfico. Escritor e historiador musical. Gremialista autoral. Conferencista y disertante. Presentador y asistente artístico de figuras tangueras. Cronista del tango.

Una frase de su obra que lo caracterizó siempre: “Viajero incansable”.

General Rodríguez, Provincia de Buenos Aires, 15 de julio de 1900-Buenos Aires, 3 de diciembre de 1999.                         

1. PROEMIO DEL ENSAYO

El nombre de Enrique Domingo Cadícamo es uno de los puntales más altos que se recuerden en la historia del tango. Además de ser el más prolífico letrista del género (tiene miles de versos registrados) ha sido dada la longeva actividad de su carrera artística, el prototipo del cronista del tango por excelencia. Entre él y el siglo XX puede trazarse un grado sumo de paralelismo insoslayable donde el tango pasa a ser el centro común de tal analogía. Por su vida pasaron todas las etapas del género y ante sus ojos atentos desfilaron todos los músicos, cantantes, cancionistas, directores de orquesta, poetas y amigos del porteñismo lunfardo. 

¿Al igual que Edmundo Guibourg, a quién no conoció Cadícamo?

¿Con quién o para quién no trabajó Enrique en su calidad de hombre de tango? Compuso letras con los más destacados compositores de todos los tiempos: Cobián, los guitarristas de Carlos Gardel, Charlo, Aníbal Troilo, Mariano Mores y cientos más. Escribió para revistas y para cine y hasta dirigió un par de películas en los inicios del cine sonoro. Su fama como pluma tanguera desde su primer éxito gardeliano, -me refiero al tango “Pompas” con música de Roberto Goyeneche-, lo llevó a ganarse rápidamente un lugar en los diarios y en los magazines de Buenos Aires donde ofició como crítico, corresponsal y cronista del tango por lógica consecuencia de sus propios frutos. Con los años se constituyó en un especialista en la propia crónica histórica de la cual fue también protagonista y en el primer nivel de los repartos.

No analizaré aquí la valoración estética de sus tangos en particular ni tampoco juzgaré su vocación o solvencia histórica. En primer lugar porque la magnitud de su obra –la que posiblemente no pueda ser reseñada en totalidad porque no todo lo que hizo se registró en SADAIC y el mar de títulos dispersos puede ser extravagante-, marca de por sí que existe en su haber una irregularidad en la calidad de su producción. Cadícamo es el excelso poeta de “La novia ausente” y el letrista ligero de “Tengo mil novias[1]”.   Las facetas de su labor profesional lo llevaron a crear versos de distinto tipo y para diversos fines, algunos más refinados en materia estética y otros más comerciales, pero siempre en pos de la difusión del tango.

En lo que respecta a su rol de cronista, periodista e historiador del tango, se lo debe juzgar historiográficamente en otra sección. Lo mismo le cabe a los Bates, a García Jiménez o a Luis Adolfo Sierra, entre otros. Lo único que aquí remarco es el hecho de que el propio Cadícamo solía reconocer que en mérito a su pericia literaria fusionara en su trabajo ficción con realidad concreta.

Sin perjuicio de lo antedicho, nadie puede negar la capacidad creadora de Cadícamo para el tango y la canción popular en general y sobre todo para la difusión de la historia del género después de la gran época de nuestra música.

No debe existir repertorio de tanguista alguno posterior a 1926 que no haya grabado o contado con algún tango de Cadícamo en su compilación. Gardel le cantó y grabó más de veinte piezas. Lo propio hicieron Ignacio Corsini y el dúo Magaldi-Noda. Con ello podría justificar ya su presencia en el sitial de los grandes letristas del tango. Pero Cadícamo fue también uno de los principales colaboradores de Charlo; y todas las cancionistas grabaron sus obras, como todas las grandes orquestas con sus mejores cantores.

El catálogo de las obras de Cadícamo será reseñado aparte de este estudio. Aquí recordaré sus éxitos más salientes de manera cronológica y trataré de brindar datos acerca de varios títulos no tan difundidos. Pero el total o parcial del listado de la inmensa producción del autor lo trabajaré en otra entrada de la sección poetas.

Cabe consignar que el seudónimo de Rosendo Luna fue usado por Cadícamo en muchas ocasiones para firmar los tangos surgidos musicalmente de su propia inspiración como compositor. La dupla Luna-Cadícamo mostraba encubiertamente la creación de un tango pleno de Enrique, es decir, música y versos propios. Pero a veces, aparecerá también su seudónimo en letras de otros géneros musicales. Cadícamo tenía nociones elementales sobre música y tocaba el piano aficionadamente. Siempre gustaba decir que un letrista debía tener alguna somera idea técnico-musical para facilitar la labor de la composición y la autoría de un tema. Nunca fue hombre de conservatorio, a excepción de los tres meses de su niñez en la escuela del padre de los De Caro. En realidad, le bastaron algunas lecciones propiciadas nada menos que por Juan Carlos Cobián para tener un tímido dominio de las teclas del piano.

La letra de “Nostalgias”, tango que hizo con el nombrado Cobián, le dio fama internacional. Sus versos se tradujeron a varios idiomas extranjeros: inglés, francés, ruso, griego, turco, polaco, sueco, finés, árabe, italiano, portugués, japonés.  

En virtud de sus miles de títulos creados, tiene varios miles de éxitos grabados. Está sin duda entre los autores más grabados del siglo XX.

2.   INFANCIA DE CADÍCAMO

Cadícamo fue testigo del siglo XX y de casi toda la historia del tango. Podemos recorrer los recuerdos de su infancia, merced a la publicación de su libro: “Bajo el signo de tango”, primera edición de sus rebautizadas “Memorias”, que luego en sucesivas ediciones llevaron el segundo título con el agregado de sus viajes a Japón. Nació el 15 de julio de 1900 en General Rodríguez, y pasó su infancia en la hermosa ciudad de Luján, en la Provincia de Buenos Aires. Décimo hijo menor de una familia de inmigrantes italianos donde predominaron sus hermanas mujeres.

Sus padres, provenientes de Italia, vinieron a Buenos Aires atraídos por otros parientes. Pero prontamente su trasladaron al campo donde su papá, Antonio, realizaba tareas de mayordomo en las estancias. Dominó rápidamente los quehaceres rurales y poco a poco fue conformando una posición de clase media. Durante casi una década pululó con su familia entre estancias y casonas de Luján y General Rodríguez. La mayoría de los hermanos de Enrique eran lujaneros. Enrique nació y fue bautizado en General Rodríguez, pero anotado en el Registro Civil de Luján. Tuvo dos accidentes de niño donde salvó milagrosamente su vida. Durante su convalecencia tomó contacto con los libros para matar al aburrimiento. Existe una foto de él a los diez años, sentado en un patio con un sombrerito al lado de un pariente, donde toma entre sus manos un libro. Cuando comenzó la escuela tenía ya cierto rechazo por las matemáticas y muy buena predisposición con la lengua, la geografía y la historia. Homero, Horacio y Ovidio y también las novelas de Emilio Salgari y los Dumas, fueron lecturas de niñez que lo acompañaron durante toda su vida literaria.

En 1910 se trasladaron a Buenos Aires para habitar en el barrio de Floresta. Luego se mudaron a Flores. Terminó la primaria en distintas escuelas e hizo el bachillerato completo en el prestigioso Colegio Mariano Moreno. A los dieciséis años terminó la secundaria y empezó a trabajar como empleado público en la Dirección de Alumbrado de la vieja Municipalidad de Buenos Aires, cuyas oficinas se encontraban en el Parque Tres de Febrero en Palermo.

 

3.   SUS PRIMEROS CONTACTOS CON EL TANGO. SU AMISTAD TEMPRANERA CON JUAN CARLOS COBIÁN

Las primeras impresiones musicales que Cadícamo rememoraba eran las que tenían que ver con los discos y el gramófono de las tertulias familiares: valses, marchas, mazurkas, polkas, lanceros y algunos fragmentos de ópera. Los primeros tangos los escuchó personalmente en algunas romerías y plazas de Flores, sobre todo los interpretados por la famosa Banda Municipal dirigida por el Maestro Malvagni (aquel que grabara para Discos Columbia Record). También el Parque Tres de Febrero, donde trabajaba, contaba con glorietas en donde fanfarrias y bandas ejecutaban trozos de música popular, y entre diversos géneros tocaban algunos tangos. Allí se hizo simpatizante de Arolas – a quién conocía de mentas-, siendo “La guitarrita” su pieza preferida. También gustaba de “Argañaraz” de Roberto Firpo, a quien muchos años después pusiera letra a pedido del compositor para que lo grabara Carlos Gardel.

Llegado 1920, empezó a frecuentar la noche porteña y los cabarets de la calle Corrientes y alrededores. Sin saber quién era su creador principió a interesarse por ciertos tangos como: “Mi refugio”, “El motivo”, “El gaucho”, “La catanga” y “Salomé”. Enterado de la inmensa inspiración de Juan Carlos Cobián como propietario de tan sublimes aciertos tangueros comenzó a seguir como “hincha fanático” las actuaciones públicas del pianista por todos los salones nocturnos de la Buenos Aires de entonces, donde además de deleitarse con las grandes melodías porteñas, daba sus primeros pasos como bailarín de nuestra música típica.

Una noche en el cabaret “L’Abbaye”, Cadícamo descubrió personalmente los sonidos de un quinteto dirigido por Cobián desde el piano, al que completaban nada menos que Agesilao Ferrazano y Tito Roccatagliata en violines, y Ricardo Luis Brignolo y Colino en bandoneones. Como era costumbre, Cadícamo y sus amigos noctámbulos invitaron a Cobián a su mesa para tomar algunas copas tras su lúcida actuación. A partir de allí, nació una temprana amistad entre el músico y su entusiasta admirador que se prolongaría ininterrumpidamente hasta la muerte del pianista de Pigüé.

En ese cabaret conoció al gran bailarín Bernardo Undarz, más conocido como “El Mocho” que bailaba profesionalmente con “La portuguesa”. Entre ese y otros sitios noctámbulos, Cadícamo fue conociendo a toda la gente ligada al tango. Desde los meros aficionados a la noche como los cordobeses Arguello y Funes, hasta los grandes y adinerados apellidos que se lucían en la pista, pasando por todos los profesores de baile, compositores, músicos, letristas, directores y cantantes. También era afecto a los deportes como el boxeo, el automovilismo y el motociclismo, llegando a conocer a grandes personalidades atléticas.

Como bailarín y aficionado al tango visitó todos los lugares imaginables desde las fondas y los prostíbulos del Paseo de Julio hasta los cafetines de arrabal de los barrios orilleros, pero siempre anclando y dándole preponderancia a las grandes salas del centro donde se lucían las orquestas más destacdas: allí supo escuchar y bailar con Roberto Firpo, Francisco Canaro, los hermanos de Canaro, Juan y Humberto, cuando hicieron orquesta propia en el “Casino-Pigall”, estando Humberto al piano, Juan Canaro y Anselmo Aieta en fueyes, Rafael Tuegols y Rinaldi en violines y Hugo Baralis padre en contrabajo para animar los bailables de tal dancing porteño.

Pero fundamentalmente seguía a Cobián, ligado ahora a Osvaldo Fresedo, quien ejecutaba el bandoneón con su amigo al piano, Tito Roccatagliatta y Manlio Francia en los violines y Raúl Fresedo en batería para las piezas de jazz que hacían en el Abdula Club, en el subsuelo de la Galería Güemes –luego Florida Pigall-, puesto que Cobián era también un destacado ejecutante de fox-tros, one-steep y charlestones.

Como espectador, vio a todas las grandes compañías criollas, y a las grandes tonadilleras, pero también al dúo Gardel-Razzano, a las compañías francesas, españoles e italianas que desfilaban por los suntuosos teatros de Buenos Aires, que por aquel tiempo tenía más salas de espectáculos que la vieja París y la brumosa Londres.

4.   CADÍCAMO SE RODEA CON HOMBRES DE LETRAS EN EL CONSEJO NACIONAL DE EDUCACIÓN

Cadícamo dejó la Dirección de Alumbrado y pasó a un puesto administrativo en el Consejo Nacional de Educación en 1923. Este empleo le dio un propicio conocimiento del mundo de las letras. Sumado a sus andanzas tangueras en la noche la consecuencia fue inevitable: terminaría siendo el prolífico letrista que fue.

En aquellos años, grandes hombres de letras –muchos de ellos abogados- pasaron por el Consejo Nacional de Educación. Entre ellos: Leopoldo Lugones, Manuel Gálvez y Héctor Pedro Blomberg ocuparon cargos de relevancia. En ese ambiente, Cadícamo empezó a escribir sus primeros versos. Tenía de compañero de oficina nada menos que a Pablo Suero, quien por las noches trabajaba como crítico-teatral para los diarios y escribía también algunas obras y revistas famosas, algunas de ellas con Blomberg, otras con el periodista Alfredo Le Pera.

Suero alentó a Cadícamo a que escribiera versos cuando Enrique le mostró las primeras estrofas de “Pompas”. Le aconsejó que lo hiciera musicalizar como tango y que se lanzara como bate lunfardo, ya que le veía condiciones. En ese momento, Yacaré y Carlos De la Púa copaban la parada en esa línea en la redacción de “Crítica”. Pero había mercado y trabajo para ello. Otro de sus primeros versos fue el otrora conocido tango “Cruz de palo”.

Cadícamo empezó a devorar los libros que le pasaban Suero o los amigos y compañeros que hasta allí llegaban, como Blomberg, Evar Méndez, Enrique Banchs, Félix Pelayo. Leyó toda la obra de Martínez Zuviría, Virgilio, Píndaro, Cervantes, Víctor Hugo, D’Anunzzio, Platón, Kant, Stendhal. Como decía Ulises Petyt de Murat: “Nuestra generación tenía el vicio impune de leer”.

El año 1924 estuvo perdido para el escritor porque tuvo que hacer el servicio militar. Tras retornar a la vida civil se vio nuevamente con Cobián en una fiesta privada. A partir de allí, el conocimiento entre ambos pasó a ser mucho más íntimo que las meras circunstancias anteriores que le valieron un trato formal.   

Entre sus contactos con Cobián que lo metieron de lleno en el mundillo del tango y con Pablo Suero que lo vinculó al universo literario, sólo bastaba que Cadícamo iniciara su obra con algún éxito que lo hiciera conocido ante el público en general.

Pompas le daría la fortuna esperada.

 

5.   OBRAS PARA TEATRO. POMPAS DE JABÓN Y SUS PRIMEROS TANGOS. UN LIBRO DE POESÍA.

En 1925, Cadícamo dejó de firmar como Domingo y comenzó a escribir algunas obras para teatro con el nombre de pila de Enrique. Para esta primera aproximación se vinculó con su vecino y amigo Germán Ziclis –quién con los años sería un famosísimo autor teatral y letrista de algunos tangos-, y ofrecieron sus talentos para llenar de estrenos las carteleras del Teatro Pueyrredón de Flores de la Avenida Rivadavia, frente a las cercanías de la Plaza. El teatro que pretendía competir con los tablados  del centro les dio vía libre y así llegaron varias obras nuevas: los sainetes “El romance de dos vagos” (Suero solía preguntarles si esa obra era autobiográfica) y “Se apareció la viuda.” En 1926, junto a Rodolfo Senner escribió la estudiantina: “Así nos paga la vida” y ya como autor y director llevó a escena en el mismo teatro: la revista “Cinco cuentos ilustrados”, que le valió mala crítica por parte de uno de los más temidos autores y críticos teatrales, el brulotista Julio Escobar. Con Martín Lemos escribió: “Los sueños del príncipe” que fue llevada a escena justamente en el Teatro Principe de la Avenida Cabildo, en el barrio de Belgrano.

Hacia fines de 1925 decidió aceptar el consejo de Suero y hacer público a “Pomas de jabón” como tango del ambiente. Salió en busca de un músico y en virtud de que Cadícamo rondaba frecuentemente el “Bar Iglesias” de la calle Corrientes, le ofreció la letra al pianista Roberto Goyeneche, quién dirigía una agrupación famosa de aquel entonces donde abrevaban Pedro Laurenz al bandoneón, Bernardo Germino en violín y Luis Bernstein en contrabajo.

El pianista harto famoso ya, le puso letra y aún sin editarse en papel, se lo pasaron a Razzano, vecino de Cadícamo en Flores, ya que Don Pepe vivía en la calle Bonorino y Cadícamo vivía con su madre y una de sus hermanas en la calle Pedernera. Gardel se lo llevó a España en su viaje de diciembre de 1925 y lo grabó en Barcelona a principios de 1926. El disco en la etiqueta decía: “Pompas” solamente. El éxito de este primer tango vino desde España. A los pocos meses lo cantaba media Buenos Aires. Gardel debió volver a grabar el tango en 1927.

Triunfas porque sos apenas

Embrión de carne cansada

Y porque tu carcajada

es dulce modulación

Cuando implacable los años

te inyecten sus amarguras

Ya verás que tus locuras

Fueron pompas de jabón”.

Junto a “Pompas” la dupla autoral también hizo “Yo te perdono”. Gardel lo tuvo unos meses en carpeta y recién lo estrenó en la temporada de 1927, grabándolo en Nacional Odeón. Pero la composición databa de la época de “Pompas”. Este tango también lo grabó Roberto Firpo con el estribillo cantado por Teófilo Ibañez. Canaro grabó “Pompas”.

Por su parte, Ignacio Corsini eligió tres letras de Cadícamo para su repertorio en discos: “Hojarasca” con música de su guitarrista Rosendo Pesoa; y “El barrio está triste” y “Que para el baile”, con música de su otro guitarrista Enrique Maciel. De fines de 1926 procede la constitución del trío guitarrístico Aguilar-Pesoa y Maciel, aunque éste último no figuraba en la etiqueta del disco por ser músico estable de la casa Víctor, función que cumplió hasta el año 1927.

En 1926, Cadícamo publicó también su primer libro de poesías intitulado: “Canciones grises” que recibió una buena recomendación de parte de Leopoldo Lugones en unos párrafos del diario “La Nación”. Sin embargo, Pablo Suero le hizo comprender que su éxito estaba en el tango, en el lunfardo y no en las líricas poesías de juventud.

Cadícamo le hizo caso. Se sumergió de lleno en el tango y cuando volvió a escribir poesía para publicar lo hizo con vena lunfarda y cuando escribió sus otros libros lo hizo por las veredas del tango.

En 1927 llegarían “Compadrón” y “Che papusa oí”, que lo convertirían en el autor de moda. Eso lo veremos en la próxima entrada.


[1] Cuando a Cadícamo le reprochaban algunas letras pegadizas, como varias que hizo con Enrique Rodríguez, entre las que sobresale “Tengo mil novias”, solía contar esta historia. En algún festival un admirador tanguero, abogado de profesión, se le acercó y le dijo que apreciaba enormemente su obra en general, pero que no le perdonaba que haya escrito el precitado vals. Cadícamo le habría respondido: “señor, yo reconozco que usted es un gran abogado, pero no va a decirme que alguna vez no se mandó un desalojo.

Actualizado ( Domingo, 23 de Julio de 2017 17:00 )