SOBRE LAS EDADES DEL TANGO DE SERGIO PUJOL
Por Pablo Darío Taboada
Entre las recientes lecturas de verano que estoy abarcando en estos días de cierta libertad para leer (desde estudios sobre la historia del derecho político del Sacro Imperio Romano Germánico hasta unas interesantes notas de Giorgio Agamben sobre el concepto occidental de metafísica en su “Filosofía primera filosofía última”), pude filtrar de manera voraz la feliz lectura de la “Sociología del tango” de Julio Mafud (obra de 1966 que tiene en claro casi todo lo que un tanguero debe tener en claro) y he terminado luego de un mes exacto de aguda atención, la voluminosa publicación del historiador Sergio Pujol sobre “Las edades del tango”.
Para hacer un resumen de mi parecer sobre el libro referido puedo comentar la siguiente calificación al estilo de los periodistas deportivos. (Desde ya que ésta no será la mejor critica, ya que cualquier trabajo de Pujol merece mayor predisposición de parte del crítico. Tal vez amplié y refuerce mis argumentos en otro momento). Por ahora diré lo siguiente:
CALIDAD LITERARIA: 10 (DIEZ). Pujol es antes que investigador, escritor de fuste. Su narrativa pulula entre la excelencia y la excelsitud literaria. Un crack.
SOLVENCIA INTELECTUAL-PROBIDAD HISTÓRICO-CULTURAL: 10 (DIEZ). Nada descubro con esto. Pero sí vale la pena resaltarlo, sobre todo en esta época, donde la aridez intelectual abunda en demasía y las huestes del tango tienen la vara cultural por debajo de las medias.
PANORAMA GENERAL-DESCRIPTIVO PARA EL RECIEN VENIDO: 6 (SEIS). El análisis genérico es canónicamente correcto. Ofrece una explicación convincente (con algunos lugares comunes) desde la etapa de los inicios hasta la década del 40. A partir de allí, comienzan algunos problemas de enfoque por asuntos que explicaré en otros puntos venideros.
PANORAMA PARA EL ENTENDIDO: 4 (CUATRO). En este punto se esperaba más de un autor de los quilates intelectuales de Pujol. No escapa a la interpretación generalizada efectuada por la historia oficial sobre Julio De Caro. Minimiza otros aspectos esperables de tratamiento o ningunea a artistas a los que le adjudica una mención al pasar o ni siquiera aparecen mencionados en el libro. Léase algunos dúos criollos importantes (materia casi ausente en su trabajo) como Pelaia-Italo, Ruiz-Acuña o Néstor Feria. No está trabajada la simbiosis musical ensamblada de los factores tango-criollismo-jazzismo-internacionalismo, como sí la trabajó en su libro sobre Valentino y la década del veinte. No trabaja con un concepto concreto (ni siquiera provisorio) de tango ni define una estética histórico-musical de cada etapa – lo que debió haber sido pertinente, pese a que ningún libro de tango suele tener en cuenta ello-, sino que se manifiesta ostensivamente por la vía indirecta de sus preferencias musicales. Insinúa tópicos interesantes que deja en el tintero como la polémica Rossi-Vega, aunque hace un guiño de cortesía en el prólogo al autor de Cosas de Negros, sin entrar en detalle luego sobre ese intrincado tema tan de moda por los defensores de las raíces afro-descendientes del tango y la música toda.
FACTICIDAD: 4. (CUATRO). Los datos duros del libro que son correctos son los convencionales que todo tanguero maneja. Adolece, como el común de sus colegas, de una cantidad de errores fácticos groseros (algunos creo que podrían hasta ser productos de actos reflejos, como decir el vals Carillón de la merced; ya que Pujol, bien sabe que esa pieza es un tango) que serían de fácil corrección de haber contado con el asesoramiento de algún coleccionista del género. La confianza sobre alguna fuente le hizo meter la pata mal. Debería revistar la confiabilidad de las personas que le dijeron que Fresedo grabó más discos que Francisco Canaro. Faltó ahí un archivista consumado. Ya casi no quedan correctores ni coleccionistas que pudieran hacer las veces de lo que hizo falta. Los musicólogos no cubren ese rol.
BIBLIOGRAFÍA: 4 (CUATRO). Gobello, Ferrer, Sierra y Salas siguen siendo casi las fuentes ineludibles. Con esos autores no avanzamos hacia ninguna parte. No hay espíritu crítico sobre la magra historiografía tanguera (más allá de la condena política a la posición de Gobello). Luego, dada la importancia que le atribuye al período que va de 1955 a la actualidad, abundan citas que no aportan nada al tanguero rancio. Insisto: faltó archivo de época y asesoramiento sobre otro tipo de trabajos que podrían haberle reportado indudables beneficios en el aspecto bibliográfico, sobre todo, de 1960 hacia atrás.
ENFOQUE Y EQUILIBRO DE LAS TEMÁTICAS NARRADAS: Aplazado. Si bien cada autor es absolutamente libre de investigar lo que quiera, a la manera que quiera y con el énfasis que quiera, no me parece acertado para un libro cuyo objeto principal es el tango, dedicar casi un tercio de un extenso tomo al período postrero que abarca desde la Vanguardia hasta el día de la fecha. Con la fineza de una inteligencia sutil, Pujol no intituló a su obra “Historia del tango”, sino que prefirió optar por la denominación más flexible de “edades”, haciendo con ello más laxo el alcance cronológico de un género que estaría perimido junto con la época que lo hizo posible, pero que, empero ello, siguió estando presente mediante un proceso inacabado de muertes y resurrecciones. En este punto, para ser sincero, Pujol merece el indulto porque es el tema más escabroso y más difícil de tratar para un historiador del tango. Me refiero a la relación dada entre el ayer con el tango de hoy. ¿Dónde comienza o dónde termina el hoy o el ayer y cómo se co-relacionan entre sí? No lo sé. Es una cuestión netamente convencional, pero el corte es preciso darlo por una necesidad gnoseológica. Por eso es imprescindible también tener dos aliados óntico-ontológicos fundamentales como herramientas preliminares: i) una concepción provisoria de tango (en sentido histórico-fenoménico cuando menos, porque una definición de raíz metafísica es algo complejo, aunque abordado en otros textos y contextos); y ii) una tipología de las formas estéticas de la música. Con esos dos pilares básicos se podría entonces tratar de indagar, reflexionar, buscar y aplicar los hitos y los hiatos salientes dentro de la historia de nuestra música evitando caer en arbitrariedades como las de Sierra, Ferrer o Salas. Lo que es más duro de roer y está exento de las facultades indulgentes en el marco de mi sana competencia, es no tanto el olvido de algunos apellidos que hubiesen merecido tener su somera mención, sino la persistente presencia (en algunos casos exasperante) de personajes de la talla de Charly García, Lito Nebbia, León Giecco, Fito Páez, Spinetta y otros rockeros insufribles. Justamente la correcta conceptualización de tango, tangueridad, estética musical y cosmovisión tanguera hubiesen operado como filtros de algunos invitados de piedra. Es posible que un rockero se pueda volver tanguero (in fatto, los hechos demuestran varios casos). Lo inverso, es lógica, filosófica e históricamente imposible.
VICIOS: Es totalmente válido para un investigador histórico de la cultura trazar los paralelos de la vida política y social respecto a los quehaceres de la canción, las letras y las artes. Se puede trabajar con sobriedad la relación tango-política. Por lo general, se lo hace de manera pésima. Otro día les contaré lo que presencié en un Congreso de la “intelectualidad tanguera” en Barcelona. Pero bien podría afrontarse el tema con mejor predisposición. Existen dos maneras de formular esa tarea. Es factible presentar la historia política a través de la música o de sus artistas; o, por el contrario, puede darse relevancia a la política sobre el tango. En este caso, se corre siempre el riesgo de darle a la música un mero uso vehicular para poder hablar de política. Creo que Pujol cayó en esta trampa metodológica; o, si la presentación del asunto fue trabajada de manera deliberada (la lucidez de Pujol no puede ir en sentido vedado porque no tiene ni un pelo de sonso) debo entonces resaltar que ciertas tendencias políticas demasiado evidentes en el libro (como una romantización exacerbada del peronismo) le hace interpretar la historia del tango de manera incorrecta. Porque desde la premisa política de la que parte, se presupone una serie de hazañas de dudosa verosimilitud (como las que contaba el falso taura del tango “As de cartón”) y se tornan invisibles cosas que efectivamente sucedieron pero que desaparecen del relato asignado. Pujol tiene a su favor el derecho a la libertad de expresión y puede poner lo que se le antoje sobre Perón, los setenta, Menem y el 2001. Hasta mete casi por la azotea el nombre del ex presidente Kirchner en el siglo XXI y los festejos del Bicentenario. Las citas de algunos políticos y de otros rockeros y personas del tango contemporáneo (tango-fusión, tango-rock, tango-electrónico) pueden habilitar un marco de referencias que extiende la difusión del libro hacia sectores más vastos que el mero mundillo del tanguero típico, pero también es un arma de doble filo. Ya conozco tres o cuatro tradicionalistas que dejaron de leer el libro sin terminarlo, en la medida que se acrecentaba la mención de ciertas personas (desde Adriana Varela hasta la ex Presidente Cristina).
ESTÉTICA MUSICAL SUBYACENTE: Sería ridículo enojarse porque los gustos musicales de un escritor no coinciden con los de uno. Lo que sí me parece relevante es que la tangueridad debe amurallarse en sí misma, como diría Mafud dentro de los límites de su impronta filosófica-musical. El tango ha tenido la suya, pero el libro no la ha patentizado o la ha reemplazado por la privada de su autor. Si todo artista nos parece excelente por igual estamos ante graves problemas. Es inadmisible que desde el tango no se defiendan ciertas tesis jerárquicas, inclusiones y exclusiones. No puede dar lo mismo Gardel que Palito Ortega, Troilo o Piazzolla o tango y “rock nacional” (sic).
CONCLUSIÓN: Me han preguntado si recomendaría el libro. Sí, claro que sí. Por supuesto. Siempre recomiendo la lectura de los libros. Recomendar la no lectura de un libro para mí es un acto de censura. Casi un crimen. Es como si lo prendiéramos fuego. Jamás oirán de mi parte la no recomendación de un libro. Para saber si un tango gusta o no; si un cantante o una orquesta nos parece bueno o malo, al igual que una película, no queda otra que tomarse el trabajo de escuchar y mirar. Con un libro pasa lo mismo. Solamente podemos conocer sus aciertos y errores una vez que los hemos leído. Por otra parte, Pujol es un autor inteligente que merece ser tenido en cuenta, aun en el disenso que la conclusión de su obra nos pueda reportar en varios aspectos. Cada lector tendrá la suficiente capacidad para llegar a sus propias conclusiones. Estas son apenas las mías.
Ya llegará el día en que alguno de los “nuestros” escriba un panorama del tango desde la perspectiva tradicionalista. Mientras tanto, sigamos leyendo a Pujol, en la medida de que es un gran escritor argentino.














