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TANGO, LENGUAJE Y FILOSOFIA

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EL LENGUAJE DEL TANGO EN EL CONCIERTO DE

LA FILOSOFÍA Y LAS LETRAS ARGENTINAS

ENSAYO GENERAL

-

LA IDEA DE BELLEZA Y DE FEALDAD EN EL TANGO

MUESTRAS DE UN MISMO EXPONENTE

A PROPÓSITO DE DOS LETRAS DE ALFREDO NAVARRINE: “GALLEGUITA” Y “FEA”

ENSAYO TEÓRICO PRÁCTICO

Por Pablo Darío Taboada

 

PRIMERA PARTE

1.    Objeto y aclaraciones

El mundo de la cultura actual se ha desvanecido y se ha caído como un castillo de naipes. El nivel de la decadencia generalizada ha hecho estragos y corremos serios riesgos de hasta quedarnos sin lenguaje ni forma de comunicarnos. Paradoja extraña que nace cuando los logros en materia de tele-comunicaciones se han extendido hasta la incomprensión del profano, pero están al alcance de su mano.

No viene al caso indagar las causas o el orden de prelación de los responsables de semejante atrocidad. Situación paupérrima en la cual todos participamos y estamos insertos, como manoseados en el lodo del cambalache discepoleano.

Da bronca encontrarse en los medios con gente que apenas sabe darse a entender. Preocupa oír la chabacanería y el léxico soez de panelistas y políticos. Languidece la amistad cuando en los círculos de conocidos no hay tema interesante para poder charlar. Scalabrini Ortiz decía en “El hombre que está solo y espera” que el porteño buscaba su alma gemela para platicar. Cada día se hace más cuesta arriba hallar la media naranja para poner el acento en el diálogo fraterno.

Pero lo que más me encoleriza -además de los políticos- es la clase de periodistas o de gente que se hace llamar así y que no merece el rótulo de tales. Será que uno proviene de una tradición cultural donde tango y periodismo se daban la mano (dato no menor porque explica las amplias márgenes del conocimiento tanguero) y el mirar para atrás en estas lides produce un amargo grado de insatisfacción. Pensar que para el diario “La Nación” o “La Prensa” escribían en exclusiva Rubén Darío, Miguel De Unamuno, José Ortega y Gasset, Azorín y tantos otros.

Las redacciones de los viejos diarios y magazines de la primera mitad del siglo XX argentino contaban con exponentes del más alto nivel intelectual. Basta recordar que oficiaban de periodistas personas del nivel de Edmundo Guibourg, César Tiempo, Alfredo Le Pera, los Martínez Cuitiño, José de Maturana, Ulyses Petit de Murat, Jorge Luis Borges, Héctor Pedro Blomberg, Juan Carlos Dávalos, Francisco García Jiménez, los hermanos González Tuñón, Nicolás Olivari, Roberto Arlt, el nombrado Scalabrini, Arturo Jauretche, Homero Manzi, Julián Centeya y tantos otros.

A vuelo de pájaro se comprenderá fácilmente la relación del tango con la prensa y también con el resto de las actividades culturales de entonces: teatro, radio-teatro, crítica musical, literaria, teatral y cinematográfica, películas, poesía, versos criollos, letras de tango. No era distinta la lógica del arte, el criollismo y el periodismo en Montevideo: Javier De Viana, Juan Zorrilla de San Martín, los hermanos De María, Fernán Silva Valdés, Julio Herrera y Ressig o Roberto Aubriot Barboza atestiguan el parecido.    

El oficio obligaba a los periodistas a nutrirse de todos los conocimientos de los que fueran capaces de absorber. Eran generalistas, enciclopedistas. Por eso, decir eso de periodista cultural a un cronista del ayer era una especie de redundancia imperdonable, rayana con el insulto.

No debe extrañar que en un mundo donde se premia la decadencia, la relación entre la cultura y el medio ha variado y ha cambiado el conato periodístico. Las letras argentinas han sufrido ese menoscabo y tal camino descendente lo hemos padecido y lo padecemos de rebote los lectores.

De alguna manera es propósito muy mediato de este ensayo tratar de reconstruir la atmósfera de la vieja cultura argentina que era susceptible de amalgamar música, poesía y pensamiento inteligente. Tango, literatura y filosofía reunidos en un tridente de irradiación creativa. Soy realista y como tal pesimista. No abriga en mi la vana ilusión de reverberar el pasado y hacer resurgir la bandera del refinamiento estético. Por el contrario, me reconforto con la modesta ambición de saber que este tipo de aventuras logre parcialmente un reducido éxito entre el pequeño puñado de tangueros que quedan dando vueltas por allí, con el objeto de que ellos puedan indagar un poco mejor el micro-clima del ayer y forjarse en la intimidad, la propensión a ver la vida a través del prisma que ofrece el submundo de nuestro arte mayor.

El tango es necesariamente un género musical pero no es solamente eso. Conlleva en su raíz de ser, una cosmovisión del mundo y de la vida, o del mundo de la vida in totum, como diría un filósofo alemán. Tiene ropaje propio y escenifica el mundo cantándolo, como dice el coleccionista Ricardo Stockdale. Su percepción y representación del cosmos lo emparenta con la filosofía y su modo peculiar de expresión lo posiciona como una manera del filosofar argentino, cuyo discurrir tanguero se vuelve una imperiosa necesidad vital ante la existencia circundante. El tango es una manera de afrontar la vida.          

Me temo que este tipo de ensayo no alcance a tener ningún tipo de repercusión porque el público ha perdido el impúdico vicio de leer que caracterizaba a los tangueros de antaño, como decía Petit de Murat. Si esta pieza sirve para demostrar que el tango está obligado a levantar la vara de nuestra decapitada cultura bienvenida sea la propuesta. Si nada se logra con esto, debo contentarme con la publicación de algunas ideas que tal vez si no las escribiera, no las habría pensado nunca.

En definitiva, la trampa de cada estudio preliminar le otorga al autor tres concesiones; i) decir lo que le plazca sobre cualquier tema cuando de otro modo o en otro ámbito resultaría inoportuno; ii) tirar bombas y fijar posiciones escondidas o implícitas en frases contundentes pero que están desdibujadas al pasar y iii) hacer catarsis para calmar sus nervios.

En ese tren de ideas, ya doy por cumplido mi cometido.        

 

2.    Panorámica preliminar (De pronfundis)

En más de una ocasión, los cenáculos intelectuales del país han estado discutiendo aquello de si existe o existió un verdadero pensamiento argentino o una verdadera filosofía argentina[1].

No me queda del todo claro el asunto y no creo que tenga ni las suficientes agallas ni la necesaria lucidez como para andar dilucidando semejante embrollo. Porque en el fondo, andar pensando es cosa de valientes y los tangueros entre los cuales me incluyo, tenemos la máxima de Gorrindo que nos aconseja: “No pensar ni equivocado, ¿para qué? Si igual se vive. Y además corrés el riesgo que te bauticen gil”.

Lo paradójico de la consigna de Gorrindo reside en su consecuencia, porque detrás de esa apariencia ponzoñosa con la que ataca al rol del pensar genuino de corte inútil, se esconde un pensamiento sustancialmente fructífero que nos invita a seguir discurriendo. La enseñanza de ese tango nos deja perplejos puesto que ante el interrogante de sabernos giles estamos obligados a seguir pensando. ¿Soy o seré? 

Desconozco la precisión que merecería apuntar una divisoria tan confusa que permita descontaminar las aguas entre el concepto del pensamiento argentino versus el de filosofía criolla. Pero gracias al tango siempre es fácil encontrar un atajo, aunque sea estimativo, aproximativo y convincente.

Recuerdo que cierta vez, Antonio Carrizo contó que estando en una reunión que presenció con gente del ambiente cultural, había surgido el debate que interrogaba si la Argentina tenía una filosofía propia. Bochinche de un lado y del otro, unos que sí y otros que no, parece que irrumpió la voz de Manucho Peralta Ramos, quien habría dicho entonces, casi como aplicando una sentencia inapelable: “Nosotros tenemos Las cuarenta”[2].

Eso me hace una y otra vez caer en el submundo del tango, portavoz de un lenguaje propio y de una cosmovisión peculiar pero diversificada sobre las innumerables olas de la vida. Eso de ver las cosas con ojos argentinos ya viene bastante antes de Jauretche. Viene específicamente de Soiza Reilly, pero sin la actitud chauvinista que tanto daño le ha hecho al tango en su historia cosmopolita.

Intuyo que este tema planteado aquí como introito de un par de casos para el análisis estético-práctico pueda, tal vez, servir como orientación para reabrir ese debate sobre la posibilidad de una filosofía argentina. A modo de hipótesis, presumo (como Manuel Gálvez presumía que los escritores nacionales que lo antecedieron eran políticos que por distintos motivos se dedicaban a escribir, pero que, en realidad, no eran literatos por más bien que escribiesen[3]) que los pensadores argentinos que escribieron de política no son válidos para afianzar una filosofía argentina[4]. El pensamiento político argentino ha sido siempre contingente y con el paso del tiempo se ha convertido en un discurso tan diluyente que acabó engendrando por su propia torpeza la más completa y eficaz auto-extinción[5].

Por otra parte, quienes se dedicaron a filosofar o eran filósofos de fuste proclamaron sus aciertos desde una concepción morfológica-canónica occidental. No viene al caso discutir ahora si Argentina es o no un país de Occidente. Eso forma parte de la discusión geo-política, hoy demasiado ramplona. Por eso me permito aclarar para evitar cualquier equivoco al respeto de que estoy muy lejos de compartir el criterio que considera que un tanguero debe solo consumir música, cine o libros nativos. Eso sería tan extremista como afirmar que solamente la cultura extranjera es digna de atención.

Atahualpa Yupanqui repetía que lo bueno que sobresalía de la cultura latinoamericana era que además de poder gozar de la propia faceta regional nos podemos dar el gusto de conocer las bondades de otras artes lejanas con su historia, su idioma, sus costumbres, su música y su poética. Bienvenidas sean las rutas del mar que nos regala el pasado. Por estar en este lugar del ecúmeno me deleito con la voz de Charlo, pero también con la de Gigli, la de Tauber o la de Sinatra. Veo una película de Manuel Romero y otra de Orson Welles. Me emociono con Tita Merello y me desvelo por Rita Hayworth. Bailo con Canaro y también con Paul Whiteman. Leo con fervor un soneto de Rubén Dario, un poema de Lope de Vega y una acuarela de García Jiménez. Entro en un teatro y convergen en su seno el conventillo de Vacarezza y la Venecia shakespeareana; las poses de Otello y Berretín; el poder de Mefistófeles y el poderío del triste señor Blum; la hermosura peligrosa de Cleopatra y la candidez balsámica de Catita.

Por eso, lejos de todo chauvinismo y nacionalismo trucho, la tradición local que aliento puede convivir (de hecho, convivió sin estridencias) y se retroalimentó de la inmigración de los siete mares de la historia. Se nutrió de sabia greco-romana, de legado euro-céntrico[6] y de reminiscencia judeo-cristiana con su toque sirio-libanés. No sé qué significa ser argentino (dejemos eso para la pasión de Eduardo Mallea) pero llamemos filosofía argentina a esa posibilidad de filosofar los asuntos de cierto interés filosófico, pero pensado y expresado desde un lenguaje paralelo que no responde a la dureza de las encerronas disciplinares.

No es novedad decir que el tango tiene su metafísica y aborda cuestiones de calibre ónticas y ontológicas. La relación del yo (del uno) con las ideas o las cosas, con los demás y con la pieza del mundo que nos alberga navega con mano invisible por el océano tanguero. Tópicos, preguntas e insinuaciones sobre la inmortalidad del alma, el trasmundo, la idea de Dios, el drama de la finitud, el problema de lo perecedero, el encuentro, el desencuentro, la angustia existencial, el regreso y el eterno retorno surgen a cada paso y ante cada nota musical. No son muchos los géneros artísticos que se han afirmado desde una pregunta empecinada.

También importó a nuestros letristas el problema del conocimiento (es justamente un tango el que afirma que en la duda está el saber), como aquel concerniente a la naturaleza humana; preocupó a varios de ellos la posición asumida ante los valores morales, el bien y mal, la justicia y la injusticia y, sobre todo, se interesaron por la consigna del tiempo (el tango contiene una filosofía del tiempo de intrínseca insistencia) y se desvivieron por el problema del amor, el desamor, la belleza y la tristeza. Subsumiré con cierta licencia estas cuatro últimas materias en una estética singular que el tango ha trabajado hasta el hartazgo. Lo que puede leerse en Stendhal o en Ortega y Gasset sobre esos temas están de seguro presentados con otra morfología, en más de un tango de los nuestros. 

Revelar a la filosofía tanguera como la más auténtica expresión argentina o como una porteñería tan pedante como el ego de Gálvez (cuestión que habrá que desmenuzar) no obedece a un infundado capricho del suscripto o a su afición por aunar ambas provincias culturales y fundirlas con el campo de las letras, sino que, pretende sentar los cimientos de aquella sentencia que pre-figuró Peralta Ramos en la discusión sobre el pensamiento y la filosofía local.

Como el vocablo ciencia no le confiere nada importante a la filosofía (al contrario, la perjudica) la palabra filosofía tampoco inviste de mayor rango a la expresión tanguera, ya que ésta de por sí, in nuda voce, requiere una inteligencia que la contiene y la rebasa aun cuando no discurre sobre problemas filosóficos de primer grado[7]. No se trata tampoco de que el canal lingüístico del tango filosofe porque sí en una mesa de café[8]. Se trata, creo de manera modestísima, de plantear una forma de ver el mundo de la vida y expresarlo con ornamentos especiales. El tango ofrece una manera de sentir y de reflexionar con un lenguaje construido por numerosos materiales ajenos, pero que han sido articulados con convicciones claramente propias.             

Si se presta atención al menú que ha servido de guía en la historia filosófica ya encontramos en sus albores dos tarjetas de presentación con distintos tonos de expresión. Los diálogos platónicos parecen a diferencia de los textos aristotélicos, obras literarias. Los filólogos e historiadores han dado varias explicaciones acerca de los motivos que llevaron a pergeñar esos diversos estilos. No quiero detenerme en ese punto. La realidad es que ya desde la antigüedad clásica, los filósofos encontraron distintas narrativas del filosofar. En el medioevo, la mera hojeada latinista de la Summa Teológica de Santo Tomás agrega a la carta otra muestra variada e ilustrativa.

La irrupción moderna presentó diversas maneras de tratar las cuestiones metafísicas y gnoseológicas. Un paseo por las desacartonadas páginas de Descartes, Voltaire o Rousseau, comparado con los empiristas ingleses, dará cuenta de diferentes modos de presentar la noticia. Cuando algunos hablaban de filosofía con precisión matemática, otros filosofaban con el poder de la literatura y otros adoptaron una mixtura intermedia. Montesquieu, en el campo de la filosofía práctica, apareció como un jurista consumado del derecho político en su espíritu de las leyes, pero se aferró a la posibilidad fecunda de la literatura para explicar cuasi-sociológicamente, la Paris de su entorno con sus famosas Cartas persas.

Desde Dilthey, Kant y Hegel, la filosofía alemana se ha convertido en un diccionario de conceptos propios, oscuros y rebuscados, pero de enormes quilates metafísicos y gnoseológicos. A tal punto que las estructuras construidas por estos grandes filósofos terminaron siendo una especie de pacientes obras de artesanía.  Con la excepción de Schopenahuer, que era un escritor esclarecido y esclarecedor y tuvo su manera de acuñar su filosofía, los intelectuales alemanes de todas las disciplinas potenciaron se tremendismo lingüistico-formal hasta grados de aburrimiento paranoico. Rompió el molde Nietzsche, quien poco a poco, pasó del rigorismo filológico a la literatura aforística, pero siempre abordando temas de neto corte filosófico. El danés Kierkegaard también saltó el cerco de la seriedad germanófila al campo de la metáfora teologizada. Este último trinomio de nombrados fueron los filósofos más leídos por los hombres de tango en la Argentina.

Posiblemente hoy ninguna institución alemana apruebe proyectos de investigación a la usanza de Descartes, Voltaire o Niesztche. Creo que ni siquiera se admitirían ciertas reflexiones de Husserl y mucho menos del último Heidegger, cercano al aforismo místico e ininteligible para los mortales que peregrinamos por las calles con la luna al hombro.

Cierto encorsetamiento embarazó de zozobras a la filosofía alemana post-heideggeriana. A partir del solemne y complejo sentido prosístico de los miembros de la escuela de Frankfurt, su pensamiento se volvió mucho menos interesante. Entre el lenguaje utilizado y los temas estudiados por los neo-filósofos de ambas márgenes del Rhin, pueden notarse extremos expositivos muy notorios: Horkheimer, Adorno o Habermas difieren de los modos de filosofar de Camus, Foucault, Deleuze o Derrida. Sartre jugó siempre con la frontera difusa de la filosofía afrancesada y las letras o el teatro francés[9]. Párrafo aparte merecerían autores como Wittgenstein, Russell, Ernst Macht o los miembros del Círculo de Viena.

Muy diferente fue la manera de abordar la filosofía por parte de José Ortega y Gasset. Siguiendo la línea de Schopenhauer en el estilo, retomó el sendero de la prosa prístina y elegante (se le atribuye la frase: “La claridad es la cortesía del filósofo”) pero a diferencia de aquel, pretendió ser didáctico a fin de presentar los asuntos más importantes de la filosofía en lengua española, con la salvedad de que temas aburridos no lo parezcan tanto y de esa suerte, entusiasmar sin sacrificio de profundidad a los lectores españoles. Ortega debe ser uno de los cinco mejores prosistas hispano-parlantes del siglo XX y casi con seguridad, el más lúcido de todos ellos.

A pesar de todo lo antedicho, es moneda corriente escuchar o leer que quienes admiran a un determinado filósofo o se sientan identificados con una escuela de pensamiento, dirán que los otros no son filósofos ni nada que se les parezca, ni tienen nada importante para decir[10]. Desde ya que, con estos antecedentes, la cosmovisión tanguera no será reputada filosófica ni por el más mínimo asomo. Pero si ampliamos el radio de entendimiento y somos capaces de constatar que el filosofar sobre cuestiones esenciales y existenciales de la vida se ha ido presentado de diversas formas de expresión a través de los siglos, bien podríamos concebir al tango como la manifestación argentina circunspecta en ese punto de vista.

En la segunda parte de este ensayo, referido a los tangos “Galleguita” y “Fea” de Pettorossi y Navarrine, se verá como en la praxis, el lenguaje tanguero analiza y se pronuncia sobre distintas disputas o problemas filosóficos. Lo hará muchas veces con el auxilio de la metáfora, lo que nos compele a seguir pensando, pese al consejo de Gorrindo. ¿Qué relación existe entre la metáfora y la metafísica?

Seguramente el tango, una vez más, nos ofrezca una tibia pero posible interpretación. 



[1] Los límites auto-impuestos por el lenguaje académico impiden tratar este tema con sinceridad.

[2] Historia que recordó Carrizo al presentar el programa televisivo “Los Grandes” donde entrevistó al gran guitarrista Roberto Grela, compositor del tango “Las Cuarenta” que lleva versos de Francisco Gorrindo.

[3] Creo que Gálvez tiene razón al margen del sopor que produce aceptar la indisimulable pedantería que lo caracterizaba. En efecto, los escritos de Mariano Moreno, los papeles de Belgrano, las cartas de San Martín o los documentos gubernamentales de Rivadavia no pueden ser considerados literatura. La generación de Florencio Varela puede comenzar a reclamar las primeras insinuaciones al respecto, aún antes que los miembros de la generación de 1837. Pero lo cierto es que ni Varela, ni Echeverría, ni los poemas de José María Gutiérrez, ni la pintoresca “Amalia” de Mármol con su novela a cuestas pueden expedir chapa de escritores profesionales. Menos aún los monumentales y voluminosos trabajos de Alberdi, Sarmiento o Mitre. Estos dos últimos eran prosistas de envidiable talento y cualquier texto de la índole que fuere, escrito por ellos, gozará de una expresividad literaria suprema. Sin embargo, no dejaban de ser políticos que escribían en su calidad de estadistas. Tampoco la naciente gauchesca será para Gálvez genuinamente literaria. Ni Hernández ni Ascasubi dejan de ser políticos o guerreros. Hace caso omiso de Rafael Obligado, cuya condición poética minimizaría su prosa o militancia. Los viejos libros de viajeros son recuerdos de aventuras y las añoranzas de Eduardo Wilde u otras, simples memorias. La primera generación de escritores en serio es, según Gálvez, la que él mismo capitaneó. Para ver como destrozaba casi de manera miserable a sus colegas de distintas generaciones (Lugones incluido) se recomienda su majestuosa obra: “Recuerdos de la vida literaria”. Gálvez fue un genio de mal genio. Pero genio al fin.     

[4] Por los motivos apuntados de Gálvez comparto que los políticos (que no eran Marco Aurelio), estadistas, periodistas y juristas (en el siglo XIX esas actividades las profesaban los mismos tipos en el Plata) que se animaban a escribir poesía o algún folleto literario o algún ensayo de ribetes filosóficos, no eran ni literatos ni mucho menos filósofos. Pasaba que la in-formación de esa gente era tan amplia que podían tocar todos los temas con pre-clara erudición, en extremo opuesto a la desinteligencia actual. Por ejemplo, Sarmiento y Mitre debatieron acerca del rol de la poesía y su incidencia en la educación pública y la formación de los niños. De alguna manera, repetían una discusión que se remontaba hasta los tiempos platónicos con la justificación del relato de mitos, fábulas y mentiras.  No obstante su vasta cultura (casi inacabable) su modo de filosofar no dejaba de ser ajeno. Ninguno escapó a las cimientes de la cultura que apabullaba a las modas europeas de entonces. Lo mismo les cabe a los primeros estudiosos de la filosofía académica en el país. Toda esa generación positivista estaba por principios intelectuales, más cerca del pensamiento científico que del filosófico, lo que no deja de ser notable, en la medida que encumbrados abogados y médicos distinguidos forjaron la facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires en 1896. Fue lo que hoy muchos llamarían un “oligarca” -como el presidente José Evaristo Uriburu (tío del que derrocó a Yrigoyen)- quien firmó el decreto de creación de la casa de estudios, cuyas autoridades fueron: Bartolomé Mitre, Bernardo De Irigoyen, Carlos Pellegrini, Rafael Obligado, Paul Groussac, Ricardo Gutiérrez, Lorenzo Anadón y Joaquín V. González. Presidentes, militares, políticos, médicos, abogados y geniales auto-didactas conformaron sus inicios. Ningún filósofo. Con los años, otros inmensos intelectuales pasaron por sus claustros: José Ingenieros (médico), Alejandro Korn (médico), Ricardo Rojas (auto-didacto), Rodolfo Rivarola (abogado y juez); Carlos Octavio Bunge (jurista). Los estudios y textos de filosofía de Korn son de una esmerada y fina didáctica que invita al estudio de la disciplina. Sin embargo, su concepción sigue la brújula de cuño occidental (y no está para nada mal), pero no hay perspectiva argentina en sus páginas. Algún atisbo de ello se aproximaría en el americanismo de Ingenieros (también plagado de buena cultura europea) y lo más cercano al pensamiento argentino dentro de su obra son muestras de tinte sociológico. Su filosofía no deja de ser convencional. La generación de los ya “filósofos diplomados”, como el caso del notable Coroliano Alberini, indica que, si bien comenzó a alejarse de sus predecesores positivistas, no dejó nunca de ser un filósofo a la europea, estudioso de Bergson, Croce, Hartman, Husserl y Heidegger. Camino parecido recorrió Miguel Ángel Virasoro. Vicente Fatone, de férrea formación tradicional, se especializó en filosofía oriental e historia de las religiones. El gran Francisco Romero era español, aunque trató de argentinizarse con rutilancia latinoamericanista. Carlos Astrada, bajo influencia de Heidegger, tiene visos de filosofía criolla concreta, casi como una inevitable consecuencia de su teoría del paisaje. Es posible que Carlos Astrada sea no el primer filósofo argentino, pero sí el pionero de un modo de discurrir la filosofía en clave argentina. Se podrá objetar que los temas filosóficos son abstractos y universales y que sus preocupaciones son parejas a toda condición humana. Eso es tan innegable como afirmar que las posibles maneras de filosofar, o, mejor dicho, de abordar la filosofía, varía en razón de tiempos y lugares. Para encontrar una manera de abordar los temas filosóficos desde una perspectiva no institucionalista, a excepción de Astrada, hay que salir por afuera de la currícula y encontrar pistas de ese filosofar la filosofía desde la plana ofrecida por el arte. Es más fácil toparse con una idea filosófica en la obra artística de Ricardo Rojas o en las páginas literarias de Groussac, que en sus cuitas políticas. Lo mismo le cabe al mundo de la metáfora de los grandes poetas y prosistas del Plata (urbanos, suburbanos y criollos) y a las intuiciones de la letrística del cancionero nativo. El tango y el criollismo –no me gusta usar folklore- son dos fuentes inagotables de presunciones filosóficas, además de manantial de referencias de otra laya (históricas, antropológicas, teológicas, psicológicas, sociológicas y exclusivamente literarias). Se recomienda del amigo, cantor, investigador tanguero y Dr. Martín Prestía: “Carlos Astrada y el mito de los argentinos” [Estudio preliminar] en Astrada, Carlos: “El mito gaucho”, edición crítica de Guillermo David y M. Prestía, Meridión, Bs.As., 2023. Algunos trabajos de Ezequiel Martínez Estrada podrían ser pensados en un contexto filosofal argentino, pero su narrativa está tan imbuida de análisis político que le caben las observancias de Gálvez.        

[5] Lejos de pensarse en serio, la política argentina actual no es capaz de edificar un discurso berreta o efectista de rápida disolución. Ni siquiera es dueña ya de expresarse con o sin señorío. Dejó de ser propietaria de sí misma. El nivel cultural de la política es tan paupérrimo que los parlamentarios (o sea, los que se reúnen a parlamentar por los demás) no son portavoces ni de sus propias palabras. Ya se sabe que ideas no poseen. Tienen sólo intereses. De verborragia indigesta, sin ningún tipo de formación espiritual y carentes de elementales principios lógicos de razonamiento y expresión dan – salvo un puñado de excepciones- vergüenza ajena, risa y llanto hasta el punto de que los debates legislativos o las interpelaciones parecen un grotesco de baja estofa. Ha quedado muy atrás en el tiempo el congreso que supo dar cátedra de derecho, cuando, por ejemplo, Rodolfo Moreno (conservador) y Carlos Sánchez Viamonte (socialista) discutían sobre la conveniencia de cambiar el instituto de la locación de servicios del Código Civil velezano por la figura del contrato de trabajo privado. En comparativa con el presente, es dable percibir que no es la disparidad de opiniones lo que nos enturbia (de hecho, no pensaban igual los citados legisladores) sino que lo que molesta es la ausencia de fundamentos a la hora de poder emitir una opinión. Es triste, pero es cierto que apenas hoy con mucho viento a favor existan algunos pocos trasnochados de las Facultades de Derecho que tengan presente ese recuerdo. Los políticos argentinos han sido disolventes hasta de sus discursos parlanchines. En un tiempo cambiaron la idea severa por el discurso efectista y hoy abandonan ese escuálido sistema de comunicación por la vacuidad de una nada que se extingue casi como el silencio. Pero un silencio poblado de ruidos interferentes, a causa de una falta absoluta de claridad e inteligencia. Quién sabe si no resulta hasta mejor que se callen para siempre. Eloqueay.      

[6] Prefiero usar esta palabra en lugar de etno-céntrico o logo-céntrico.

[7] Filosófico en estricto sentido, ya que algo que cuenta un tango, por el solo hecho de ser un ente dado, podría ser abordado filosóficamente como fenómeno.

[8] Sobre el significado y la resonancia de la filosofía tanguera del boliche que emana claramente del pensamiento discepoliano del tango “Cafetín de Buenos Aires” se debería escribir un artículo aparte porque allí se destaca, por un lado, la vulgata filosófica del café que no hace filosofía, sino que simplemente divaga; y por otra, la reflexión que filosofa sobre temas de asuntos filo-psicológicos de carácter agudo. Frases como esa que dice: “Que solo fue después viviendo igual al mío” denota un devenir (o transcurrir) dramático-existencial. El perfil de Marcial que convierte a su espera en creencia reporta atención filosófica. 

[9] Son demoledoras las palabras que Mario Vargas Llosa le endilgó a Sartre en “La llamada de la tribu”. Por el contrario, y en consonancia con este ensayo, en su última novela dedicada a un coleccionista y musicólogo peruano ficticio llamado Toño Alpizcueta (que pareciera ser él), sostiene la tesis de que solamente a través de la música y el canto de un país se descubre su verdadera fisonomía de pensamiento con grado homogéneo. Ponía como ejemplo el tango argentino y criticaba que la intelectualidad peruana jamás prestó atención a la relación entre idiosincrasia, música y musicología. En lo que a la postre terminó siendo su última publicación habló maravillas de Carlos Gardel. (Conf. VARGAS LLOSA, M: “Le dedico mi silencio”, Aleaguara,2023).

[10] Siempre me ha quedado grabado el maltrato intelectual que el profesor Adolfo Carpio le propició a Wittgestein en su “Introducción a la filosofía”.  No solamente lo excluyó de la categoría de filósofo, sino que, su locuaz aspereza lo dejó parado casi como un estúpido. Está claro que ninguna persona que abre su espíritu a la reflexión filosófica es un idiota. Por lo general, la mayoría de los mortales no alcanzamos nunca estatus de filósofos, escritores, poetas o artistas. Son apenas unos poquitos privilegiados los que bien merecen ganarse esos enjundiosos apelativos.


 

Actualizado ( Jueves, 24 de Julio de 2025 14:05 )  

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