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ENRIQUE SANTOS DISCEPOLO

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ENRIQUE SANTOS DISCÉPOLO

ENSAYO BIOGRÁFICO

PARTE PRIMERA

Por Pablo Darío Taboada

“El tango es un pensamiento triste, que se baila”

ESD

“La tristeza, es el corazón que piensa”

ESD

“Quien más, quien menos, pa mal comer,

somos la mueca, de lo que soñamos ser”

ESD

“Y al son de cada tango te presiento,

con tu talento enorme y tu nariz”

Homero Manzi

DISCÉPOLO, ENRIQUE SANTOS

(Buenos Aires, 29 de marzo de 1901-Buenos Aires, 23 de diciembre de 1951)

Actor. Autor y director teatral y cinematográfico. Productor. Compositor y letrista. Músico aficionado. Poeta del tango. Filósofo de Buenos Aires. Artista genial e imprescindible.   

1.    Introducción  

La figura y la obra de Enrique Santos Discépolo patentan a las claras una insoslayable e irrenunciable presencia de importancia para la historia del tango. No cabe la menor posibilidad de duda acerca de la relevancia del hecho valorativo de considerar a Discépolo como uno de los personajes más emblemáticos y talentosos del género. Sería inimaginable una premeditada historia del tango sin su apellido, del mismo modo que los infaltables de Gardel, Canaro o Troilo. La ausencia de Discépolo en las páginas del tango, sería tan carente de sentido como una historia del fútbol argentino sin la cita de River o Boca o Nacional y Peñarol en el caso uruguayo.  

Discépolo es el paradigma del poeta-filósofo de la tragedia argentina. Su rol de artista del tango, enaltece a nuestra música ciudadana, pero asimismo, la trasciende para adentrarse en los profundos campos del pensamiento argentino y la cosmovisión del hombre de estos lares. Enrique Santos Discépolo ha de tenerse como un estandarte del siglo XX argentino. Su vida artística y su biografía personal, lo dotaron de un talento sin par que le reportó consecuencias inusitadas de una imprevisible importancia histórica. El tango, la cultura toda, la política y gran parte del pasado argentino, articulan su existencia que se retroalimentó a su vez, de su genio. No solamente es difícil imaginar una historia del tango sin Discépolo, sino que hasta parece un destino inexorable plantearse la argentina de manera discepoliana.  

Toda persona se forja en gran parte de su contexto social y su horizonte de sentido. Pero también, algunos privilegiados marcan hitos dentro de sus propias circunstancias para señalar símbolos epocales. Discépolo fue producto de una época, pero también contribuyó como pocos a entender y a propagar su época misma. Pero adelantado al fin a su propio ser de la temporalidad, superó su momento y se tornó en un pensamiento que no se ha disuelto todavía en el devenir. La idea discepoliana de “Cambalache”, sigue explicando casi todo.  

La obra del autor no ha sido demasiado basta en materia de cantidad, a diferencia de otros autores que lo han multiplicado en producción. Pero lo que no tiene posibilidades de agotarse es el análisis, sobre la pequeña cantidad de obras que Discépolo nos legó.  

Han existido ensayos sobre Discépolo de la más diversas índoles. Lo multifacético de su obra se trasluce en estudios sobre su condición de tanguero, o de su perfil filosófico, poético, político, psicológico, antropológico, sociológico-cultural, teatral y cinematográfico. Uno de ellos –para mí la mejor obra que se ha escrito sobre Discépolo- ha sido un enfoque global del personaje: me refiero a la biografía del intelectual Sergio Pujol. La misma va acompañada a la par de todo el mundo discepoliano desde lo familiar a lo histórico-espiritual y desde la cultura del tango a la concreción socio-cultural y política del país. La Argentina (y tal vez, el mundo que gira) y Discépolo, van a la par en el primer medio siglo de la centuria pasada. Aconsejo que se remita directamente a la obra de Pujol  para tener un panorama completamente argentino e histórico del asunto. 

Es cierto que para ir a fondo con Discépolo hay que adentrarse en las profundidades de su tiempo histórico, de su clima político y de su concepción de la vida psicológica y antropológicamente hablando. Pero insisto en que Pujol ya ha dado el golpe de gracia en el clavo de la suerte de la biografía de Discépolo para centrar todos esos puntos en un libro excelente.  

Ello me permitirá descansar algunos aspectos de su vida y dar un enfoque parcializado del Discépolo artista. Del Discépolo del tango, del teatro y del cine argentino. Del compositor y del autor de éxitos insuperables. Sin renunciar a pensar otros aspectos que depara su infinita genialidad, que podrán ser tratados en otras entradas de esta página, me dedicaré a ahondar los caminos del Discépolo del tango, en la medida en que estoy en condiciones de esgrimir varios datos desconocidos e importantes, en la vida tanguera de uno de sus mejores artífices. De su genio mayor. De su filósofo más agudo. De su poeta más triste.  

2.    LA FAMILIA DISCÉPOLO. DON SANTO, EL MÚSICO. ARMANDO DISCÉPOLO, EL DRAMATURGO. 

Enrique Santos Discépolo nació el 29 de marzo de 1901, en la calle Paso 113 del barrio de Once, en la vieja Ciudad de Buenos Aires. Su madre, murió cuando él tenía solamente apenas una año de edad. Su padre, un inmigrante napolitano, llamado Santo, fue músico de instrumentos de vientos y tocó en varias bandas famosas de los primeros tiempos de la música grabada. 

Don Santo crió ya viudo a dos hijos: Armando, el mayor, ilustrado muchacho que pasó desde el periodismo de la bohemia intelectual libertaria a ser uno de los principales dramaturgos y directores del teatro argentino; y el menor, llamado Enrique Santos, quien sería luego, uno de los artistas más geniales de la historia de nuestro país.  

Don Santo tocaba en las bandas de principios del 900, e integró entre otras la conformada por los músicos de la Policía, dirigida por el maestro Rivara. En sus andares de músico, conoció y fue amigo de Ángel Gregorio Villoldo, quién lo introdujo en el mundo del tango. Santo Discépolo comenzó entonces a componer algunos de ellos, como por ejemplo: “No me empujes, caramba”.  

La Banda de la Policía grabó numerosas placas en la tanda de grabaciones de la serie 60.000 de la marca ERA, y también salieron algunos de esos registros alternativamente en las etiquetas paralelas de Parlophone-Record y Beka Gran Record. Naturalmente, Rivara y la banda siguieron actuando y grabando luego de la muerte de Don Santo[1] 

Por lo tanto, la música y el tango desde sus albores fueron materia familiar para el pequeño Enrique, pero lamentablemente su padre, murió en 1909. Desde entonces, su hermano Armando, catorce años mayor que él, lo crió personal y lo formó educativamente en un clima donde el amor por el teatro era parte del clan familiar.

 3.    LOS PRIMEROS PASOS COMO ACTOR Y AUTOR TEATRAL. SU PRIMER TANGO: “BIZCOCHITO” 

Por medio de su hermano Armando, autor y director teatral de fama, logró formar parte del medio desde su rol de comparsa, hasta llegar a tener un pequeño papel de reparto, en una obra de la compañía del popularísimo Roberto Casaux. La obra pertenecía al cuño autoral de su hermano Armando en dupla con Rafael José De la Rosa y se llamaba “El chueco Pintos”.  

En 1918, estrenó una obra en dupla con Mario Folco, intitulada “Los duendes”. Se la llevaron a escena nada más y nada menos que los actores de la compañía de Vitone-Pomar en el Teatro Nacional de la calle Corrientes. También fue autor de varias piezas teatrales que datan de los primeros años de la década de 1920, como “El señor cura”, en colaboración con el gran actor Miguel Gómez Bao, puesta en escena en el Excelsior por la compañía de Félix Blanco; “Día Feriado”, estrenada por Blanca Podestá, “El hombre solo”, también con Gómez Bao, estrenada en Rosario en 1921;  “Páselo, cabo”, también con Mario Folco, estrenada en el San Martín por Arata-Simari-Franco en 1922 (todas estas, ilustran sus primeros pequeños triunfos), hasta consagrarse definitivamente en 1925 con “El organito”, -escrita en dupla con su hermano Armando-, y destacándose como actor, en la obra de su hermano “Mustafá”, haciendo el papel protagónico. Desde entonces, Discépolo será un reconocido hombre de teatro, pero siempre, como segundo de Armando.  

Fue justamente su entrada en el mundo del tango, en su calidad de compositor, lo que le permitirá independizarse de la influencia de su hermano Armando.  

En 1925, José Antonio Saldías, el gran sainetero de los años veinte –e hijo del político e historiador Adolfo Saldías-, quién lo conocía por sus dotes actorales, le solicitó que le compusiera un tango para que él le pusiera letra en aras de un estreno para el escenario en uno de sus sainetes.  

Enrique tenía nociones elementales de música, aprendidas en su infancia a raíz de los consejos sonoros de su padre, pero nunca estudió a fondo con maestro alguno. Como muchos letristas del género, tocaba el piano aficionadamente, de oído, con una mano, sabiendo traducir melodías, pero la ejecución era simple, sin técnica depurada. Lo que dominó un poco más, fue la guzla, instrumento de cuerdas más pequeño que el violoncello y en el que solía componer sus melodías, que luego otros músicos amigos pasaban al pentagrama. También el propio autor, en un reportaje de los años treinta, exclamó que el silbido fue uno de sus principales aliados compositivos.  

Así, a pedido, y a instancias de Saldías, Enrique Santos Discépolo se lanzó a la aventura de componer un tango para teatro, ya que el actor consideraba al género como una plataforma de difusión de una enorme importancia popular, aunque todavía no se había animado a publicar sus inspiraciones.  

El título del tango que se estrenó como “Bizcochito”, fue cantado primeramente en escena por el cantor Juan Carlos Marambio Catán, en el sainete de Saldías: “La porota”.  

Se ha dicho en más de una ocasión que ese tango fue un fracaso. Creo que la palabra es demasiado desproporcionada como para tomarlo de tan mala manera para condenar el tango al oprobio. Si se compara el tango con el resto de las obras de Discépolo –todas de singular trascendencia- podría decirse que esa pieza pasó a la ligera, pero en el entramado de tangos que tuvieron cierta publicidad editorial y discográfica en la temporada 1925, “Bizcochito” estuvo presente[2]. Por ejemplo, fue grabado por Marambio Catán, quien en aquellos años gozaba de una gran simpatía por parte del público porteño.  También, la música fue ejecutada por Francisco Canaro, quién se disputó el mérito de difundir la opera prima de Discépolo en el Royal Pigall, aunque no lo grabó por ser tema exclusivo de la casa Víctor. Estos datos son de destacar, en la medida que la letra del tango no le perteneció al gran actor teatral, como sí lo fueron sus siguientes éxitos resonantes.  

El investigador y coleccionista uruguayo, Horacio Loriente, publicó en los matutinos montevideanos, una cronología de sus obras en las que decía, sobre fuentes de Marambio Catán, que el tango se compuso en el Uruguay en 1924, en colaboración con José Vázquez, en un viaje de una compañía teatral que integraba el novel compositor a Montevideo y que luego, en Buenos Aires, el músico Salvador Mérico se lo llevó al pentagrama. (No he podido confirmar ese viaje de Discépolo al Uruguay en ese tiempo). Lo concreto es que el tango se conoció en nuestra capital en 1925.  

Poco después, nacería “Que va cha che” y la historia de Discépolo, del tango y de la Argentina, empezarían a cambiar para siempre.  

“El verdadero amor se ahogó en la sopa,

la panza es reina y el dinero es Dios” 


[1] Las grabaciones donde pudo intervenir Santo Discépolo, fueron las anteriores a 1910.
[2] No debe confundirse el título del tango, con otro homónimo de Julio y Franicsco De Caro, que data también de esa época.
Actualizado ( Domingo, 13 de Septiembre de 2015 20:25 )  

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