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CELEDONIO, DIZEO Y CENTEYA

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POEMAS A POETAS

Parte I

CELEDONIO Y DIZEO

RECUERDOS DE JULIÁN CENTEYA

Por Pablo Taboada

1. PROEMIO 

En la historia de las letras no ha sido novedad la admiración profesada entre escritores o la amistad mutua entre colegas de bando. Como bien podía un poeta dedicar su obra, o el tema de su obra, a un músico cualquiera, o compositor, cantante, pintor, escultor, intelectual u hombre de mundo en general, también los poetas estilaban al panegírico compartido.

Un breve repaso por los nombres más relevantes de la literatura nos indica un grupo de nutridos ejemplos destacados, entre los cuales podemos mencionar  entre muchos casos salientes, las muestras de Charles Baudalaire, que en su clásico libro de poemas intitulado “Las flores del mal” ofrendó a su maestro literario, Théofhile Gautier o el poema “La máscara”, inserto en ese volumen con dedicación al famoso escultor francés Ernest Christophe. También en ese libro aparecen otros poemas como “El cisne” o “Los siete viejos”, dedicados a Víctor Hugo.

Entre los poetas hispano-parlantes podremos ver como Juan Ramón Jiménez dedicó poemas a Del Valle Inclán, José Ortega y Gasset, Unamuno, Antonio Machado, Rubén Darío. Este último fue también cantado por Machado.  Y Rubén escribió su famosa “Oración por Machado”. Los ejemplos entre este tipo de dedicatorias son inacabables.

2. ANTECEDENTES LOCALES

Entre nuestros payadores también fue costumbre la dedicatoria. Betinotti ha dedicado obras a Pablo Vázquez,  Higinio Cazón, Ambrosio Rio, Gabino, etc. Y también a Evaristo Carriego (recordado por casi todos los poetas del tango) y hasta el por entonces novel cantor criollo Ignacio Corsini.  

Pero donde con mayor cantidad de ofrendas aparece la dedicatoria amistosa, es por demás elocuente, en el mundo del tango. Hago la salvedad, de que en casi todas las partituras reza siempre una dedicatoria de la obra del trabajo, que no siempre coincide con el contenido de la obra. En algunos casos puede que coincida. O sea, en el tango “Samitier”, la dedicatoria es clara: coincide el personaje ilustrado en el tango con la dedicatoria del autor. Ahora, por citar un ejemplo al azar, el tango “Naipe marcado” de Angel Greco está dedicado a Raúl Scalabrini Ortiz. No quiere decir esto que el tango hable del gran intelectual argentino, sino que el trabajo artístico en prueba de amistad fue significado por el guitarrero al autor de “El hombre que está solo y espera”.

Otro ejemplo más saliente: Piana y Manzi compusieron la milonga “Juan Manuel”, grabada magistralmente por Charlo con el conjunto de guitarras que dirigía el maestro Besada en el año 1934. El protagonista de la letra de la milonga es Juan Manuel de Rosas, pero el trabajo artístico al editarse fue dedicado a Jorge Luis Borges, quien por aquellos años era ya muy amigo de Piana y de Manzi. Quiero expresar, que una obra de Piana y Manzi que habla sobre Rosas, fue dedicada a Borges.

Pero existe otra variante en el mundo de las dedicatorias, más cercana a las muestras de afecto y admiración que profesaban celosamente los literatos franceses y españoles entre sí. Me refiero a que en la historia del tango era harto común, que un poeta dedicara el contenido de su poesía, para resaltar la figura de otro poeta amigo.

En esta saga de recuerdos que es mucho más amplia de lo que aquí esbozaré, salen a la palestra los nombres de Celedonio Flores, Enrique Dizeo, Dante A. Linyera, Enrique Santos Discépolo, Homero Manzi, Cátulo Castillo y Julián Centeya (y principalmente éste respecto de los demás, ya que Centeya se consideraba seguidor de Celedonio y fundamentalmente discípulo del anarquista Dante A. Linyera).

No bosquejaré aquí las señas biográficas de los poetas en cuestión, que serán tratados en sus respectivos espacios cuando publiquemos con Mario Valdéz sus reseñas, sino las obras seleccionadas para este compromiso.

3. DIZEO Y CELEDONIO FLORES

Quienes gratamente dieron apertura a las salutaciones y floreos cruzados fueron Enrique Dizeo y Celedonio Esteban Flores. He encontrado estos sugestivos versos firmados con seudónimo en la olvidada revista “Canciones populares”, de las cuales he rescatado gran parte de sus ediciones, entre las que descubrí lo siguiente:

“DE PASADA”

(Ofrenda)

Para Esteban Flores (Cele)

 “La otra noche en el bulín

De Fausto Frontoni; regio

Dejé el rante florilegio

De mi pobre berretín

Bien repleta de aserrín

Lírico, está mi zabeca

Y es vano que la buseca

Reproche mi fanatismo

Le doy a morfar lirismo

Y si no, la largo seca! 

Hecha la presentación

De mi casi autorretrato[1] 

Me será “Cele” muy grato

De que vibre el mandolión

De mi loca inspiración

En honor a sus primores

Me hablaron de Esteban Flores

Escritor de tangos ricos

Por eso, los abanicos

Les abro mis esplendores 

Me gusta verlo, canchero

De frente a frente a la pena

Y en el bulín de Anchorena

Coparla en el entrevero

El hombre que es guitarrero

Debe siempre conversar

La presencia en el cantar

Aunque reine el alboroto[2] 

Y usted me dice en la foto

Que se sabe acomodar 

Siga “Cele” dando soga

Al aplauso de la gente

Y lo cante eternamente

Esa Rosita Quiroga;

Que mi espíritu interroga

Pues parece que la juno

Pero no soy importuno,

Y de la mente la pierdo

Que hacemos con el recuerdo

Si en la mala cayó uno 

“Margot”, su tango sentido

Como también “Mano a mano”

Me dicen que es veterano

Y por las musas corrido…

No quiero echar al olvido

Su triste “Milonga fina”

Letra que se hace divina

En la boca de Gardel

Que ha conquistado con el

Vento, amor y bambalina 

Siga la ruta trazada

No abandone la carrera

Y con la lira repleta

Canto en toda su “yirada”

Lo aplauda la muchachada

Al llorar el Mandolión

Que yo de mi rincón

Valoraré sus canciones

Para usted las atenciones

Del poeta: Rudit Byrón. 

Por varios motivos creo que este seudónimo era uno entre otros (“Ozedi”) de Don Enrique Dizeo. En principio por el estilo de autocaricatura que siempre hacía (inclusive escribió un tango hermoso con ese nombre que grabó Jorge Vidal); segundo, por las constantes menciones que hacía de otros artistas (en este nombra a Gardel y a Rosita Quiroga), y finalmente porque en esta publicación, Dizeo era el encargado de escribir ofrendas a otros artistas (hay desde Gardel a Manuel Parada).

Por otra parte, otro detalle: los dos últimos versos insertos en el cuaderno son obras de dicho poeta, entre ellos, “Cuadritos  dolorosos”: Homenaje póstumo a la memoria del niño Salvador Trillo (Chicón). Los corsinianos asociarán este poema al tango “Gurrumina” y no se equivocan. Pero en esta versión original el poema es mucho más extenso que el que se llevó al disco. La historia de Chicón el rubio (así decía en el tango, más no en el poema original que solo decía Chicón) fue un suceso real. Un accidente automovilístico que fue recopilado por la musa de Dizeo.

Para una alternativa contraria a la de ésta interpretación puede señalarse como me apunta el maestro Valdéz, que en su archivo tiene notas que relacionan a Byrón con Cárdenas Behety. Sobre este y su relación con el tango se han trazado muchas leyendas que en otro artículo trataremos, sobre todo cuando relacionemos a Behety con Carlos Gardel. Por otra parte, es dable señalar que era más que natural en aquella época, jugar con los seudónimos y transferilos entre autores como lo demuestran los ejemlos de Timarni e Iván Diez.

Seguidamente Rudit Birón publicó su homenaje a Cele. Además, la edición de Dizeo (Byrón) data de diciembre de 1925 y Celedonio dedica un poema a Dizeo en mayo de  1926 como componiendo una deuda; mientras que el otro poema dedicado por Dizeo a Celedonio data (“Trovero”) de 1927 y fue usado generalmente como presentación o colofón en las reediciones de “Cuando pasa el organito”.  Por lo tanto, el poema que Cele dedicó a Dizeo, hace referencia al de Byrón (a no ser que exista un tercer poema de Dizeo a Cele que desconocemos y que se haya conocido entre enero/abril de 1926, lo que no parece demasiado factible). Agrego este dato porque el buen investigador Gaspar Astarita en su artículo sobre Dizeo y Celedonio, no hizo mención al poema “De pasada”.  Aquí el poema de Cele a Don Enrique:

 

PUNTO ALTO
A Enrique Dizeo, mi amigo (así en la edición original).
 

No hay plazo que no se cumpla, ni deuda que no se pague,
ni chorro que bien tapeado no resulte batidor,
ni bolita que no ruede, ni llama que no se apague
ni corazón que resista el encanto de un amor.

Esto, va pa'que no digas que me gasto haciendo espuma
que soy desagradecido y un cantor de dos por tres;
estaba juntando ideas como el pato junta plumas
para hacerte una nidada como te la merecés.

Yo te tengo relogiado los mil en cincuenta y nueve
sé que vas a la distancia sin sentir el handicap
el que diga que tu musa por canera no conmueve
confunde Pepe el Herrero con Cyrano Bergerac.

Vos dejá que otro le cante a la dama presumida
a la albura de los cisnes, al encanto de Trianón;
cada cual hace su juego en el monte de la vida
y se apunta a la baraja que le canta el corazón.

¿Qué sabemos de marquesas, de blasones y litera
si las pocas que hemos visto han sido de carnaval?
Que nos pidan un cuadrito de la vida arrabalera
y acusamos las cuarenta y las diez para el final.

Vos sos púa, tenés alma y en lo rante estás "chipola"
no aflojés aunque se bronque algún clásico fifi.
Cuando estemos bien palmados, cuando nadie nos dé bola
yo te haré un soneto rante en una tirada sola
y vos otro para mí...
 

Finalmente, aparece “Trovero” con la firma de Don Enrique. 

TROVERO
 
A C. Esteban Flores, con el mayor gusto.

Es el coplero del pueblo escondido en la barriada.
¡Cuántas endechas caneras dispersó su inspiración!
Zorzal que trina a la gurda, sin pulimento ni nada
lo que brinda tiernamente su sensible corazón.

El canyengue del terruño, lejano del populacho
en su jerga arrabalera no hay quien le gane a cantar.
Bate el justo "Mano a mano" que tiene coco el muchacho;
¡si es un bate, sensa grupos, se sabe bien apilar!

Expresivas sus milongas cuando habla de la percanta
que se juega los morlacos del otario a la marchanta
como idem el gato maula con el mísero ratón.
Conoce la gente pobre, las casitas de dos piezas donde hay cachos de dulzuras y pedazos de tristezas.
Donde Evaristo carriego volcó toda su emoción.
 

Este poema fue llevado al disco con gran emoción por la voz de Julián Centeya. Como apreciación final resta indicar que no creo que Rudit Byron sea otro que no fuera Dizeo. Los dos poetas lunfardos más encumbrados junto a Celedonio y Flores, fueron Dante A. Linyera y Eduardo Escarís Méndez. De este, su estilo reluce un lunfardo profundo y no meramene descriptivo o acuarelado como el de Dizeo. Linyera, no estiló a dedicar poemas como Dizeo y tampoco tenemos registrado ese seudónimo en el gran Rímoli que tuvo otros varios más.

De yapa agrego el poema que años más tarde Julián Centeya (Amcleto Vergiati) dedicó a Celedonio Flores (también nombrado por Angel Greco en su  tango-milonga ¿Dónde vamos a parar?) y que llevó al disco con su inimitable manera de recitar:

“A Celedonio”
de Julián Centeya


Sólo quiero decir aquí tu nombre,
una cosa que fue y sigue siendo: carpetero.

Ahora que el patio familiar asoma a ángulos de recuerdos cadeneros
y hay una concluida información que tiende a ser estupenda como un primer viaje
en el que uno se amasija un poco la gana
de no estarse;
esa gana polenta de mirarse por dentro estando de afuera.

Vení, sentáte negro Cele,
necesito encartarte en nuestra junada de yeca y yotibenco de boliche humoso
y de aquél bulín compadre en la naesqui
mientras en la compuerta del cielo despunta un cacho de luna esdrújula;
y te la parlo empiolado de ayeres, de ese “empio” miserable,
y de nuestro coraje que nos pusimos en la piel.

Y el hambre, esa cosa ciertamente positiva que engrupimos
a mate, faso y un codí chamuyao por el quetedije.
De contrapinta y de pinta vengo a ganar,
contra el destino, viejo fuyero, pongo esta nada de mi cantar.

En uno siempre nace una calle como nace una lluvia, un amor,
digo un amor, una alucinación, y cuarteao por un te quiero
vivir la dadi como se vive, frate, una canción de siempre y nunca;

Negro Cele, aquél de la parola, aquél del gesto altamirano y piola
que se piró una cheno Malabia de arriba; última recalada ahí en Palermo,
la conclusión no es otra.

Me amasija saber que no he de hallarte en Villa Crespo,
en una colada de hombres, cuando de encanutada amistosa
íbamos a vernos.

Sentáte, te lo digo otra vez, vení, sentáte.
A la ciudad, tu Buenos Aires, nada, le queda entre las manos tu tango
en una permanente actitud de espera indivisible y enchabonada.

Por eso tu regreso taconeado, pucho el de tu sentimiento,
voz permanecida nuestra con un perfil de barro chapaleado y tanto cielo;
Claro que sí, lastima no verte, pero en esta reconstrucción en que se me
enchabona tu nombre, negro Cele, volvés, siempre volvés,
y es cuando conjugao descalzo el berretín de tenerte,
es cuando estás a mi lao, y alzo un verso cachuzo,
y se me cola en el cuore esta necesidad de batirte:
dame la mano Cele, vamos.
 

Este hermoso poema dispar, conmueve por más que saquemos sus frases de contexto y al azar. Ejemplo: "en la compuerta del cielo despunta un cacho de luna esdrújula" o esta implacable: “en uno siempre nace una calle, como nace una lluvia o un amor”. Julián fue algo más que un poeta; fue un metafísico porteño y un filósofo del tango.  

Para no quedarnos con eso, recordemos un corto homenaje de Centeya a Cele, extraído de su libro “La musa mistonga”:  

“Cele”

Te auguro la ochava malandra de la vieja rúa

De las lunas impares;

Aquella del boliche mistongo de Carlos De la Púa,

La única posible

Para tu nombre

Una ochava atorranta que parezca

un afiche de humo agrio.

 

En el próximo capítulo irán entrelazados, Manzi, Discépolo, Cátulo Castillo y Julián Centeya.



[1] Muy parecido al léxico utilizado en el tango “Autocaricatura” de Dizeo.

[2] Idem anterior.

Actualizado ( Sábado, 15 de Septiembre de 2012 15:52 )  

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